Redacción: Arturo Roti
Monterrey ardió el pasado viernes 27 de junio. Y no por el calor sofocante de la ciudad, sino por la descarga demoníaca que ofreció Possessed ante un Café Iguana completamente lleno. El motivo no era menor: la celebración de los 40 años de Seven Churches, el disco que dio vida —o muerte— a todo un género: el death metal.

La noche comenzó puntual. A las 9:00 p.m. subió al escenario The Unholy, power trío originario de la Ciudad de México, que de inmediato conectó con la audiencia, demostrando por qué el metal mexicano sigue dando batalla. Su set de 30 minutos fue un cañonazo directo, destacando su tema “Dystopia”, que dejó una grata impresión tanto en los jóvenes metaleros como en los veteranos de guerra que ya se preparaban para el ritual mayor.
Y fue a las 10:00 p.m. en punto cuando el aquelarre estalló. Jeff Becerra, el gran iniciador, apareció no en silla de ruedas, sino sobre su trono de acero, como el profeta maldito que nunca se rindió. Sobreviviente, pionero, líder absoluto. A su lado, sus discípulos infernales: Claudeous Creamer y Daniel González empuñando guitarras como espadas flamígeras, Robert Cárdenas en el bajo, y Chris Aguirre martillando la batería con precisión quirúrgica.

El inicio fue con “The Eyes of Horror”, una declaración de intenciones que encendió la primera llamarada. De ahí, se desató el vendaval: “Tribulation” del Beyond the Gates y “Demon” del Revelations of Oblivion pusieron la mesa. Pero el momento que todos esperaban llegó: “The Exorcist” tronó como un relámpago en medio del aquelarre. El público estalló. El mosh pit se abrió como portal al abismo. Y no paró.
De ahí en adelante fue un descenso glorioso hacia las profundidades: “Pentagram”, “Burning in Hell”, “EvilWarriors”, “Seven Churches”, “Satan’s Curse”. Cada tema, una daga encendida. Cada riff, un llamado a las fuerzas más oscuras. El público, entregado por completo, se convirtió en parte del ritual. No había poses, solo devoción. Gritos, sudor, slams, puños en alto. Todo era un caos ordenado por el mismísimo Becerra, que desde su trono orquestaba no solo a la banda, sino al templo entero.

Uno de los momentos más épicos fue cuando atacaron con “Holy Hell”, tema que retumbó como un himno en medio del frenesí colectivo. Luego vinieron “Twisted Minds” y “Fallen Angel”, antes de cerrar el ciclo con “Death Metal”, la canción que no solo nombra un género: lo define, lo invoca, lo consagra.

Pero la misa aún tenía más. La tríada final: “Graven”, “Seance” y “Swing of the Axe”, fueron los tres clavos que sellaron esta cruz invertida, marcada en el alma de los asistentes. Mientras la pantalla negra mostraba el logo de Possessed y la ya icónica cruz invertida, la gente sabía que había vivido algo más que un concierto: fue un rito, un aquelarre sonoro, una noche en que Monterrey fue capital mundial del metal extremo.

Possessed cumplió y rebasó todas las expectativas. El legado sigue vivo. Y Jeff Becerra —trono y micrófono en mano— demostró que cuando se trata de death metal, el infierno tiene nombre, rostro… y una voz que no perdona.






