Redacción: Sergio de la Rosa
Caifanes volvió a Monterrey la noche del 13 de noviembre de 2025 con un concierto que reafirmó por qué su música sigue marcando generaciones. En un Auditorio Banamex completamente lleno, la banda apareció en el escenario a las 9:35 p.m., recibida por un público que desde los primeros minutos se mostró encendido, participativo y profundamente conectado con cada canción. Sin necesidad de grandes artificios, la noche avanzó como un recorrido emocional por distintas etapas de su trayectoria, sostenido por una ejecución sólida y un ambiente cargado de intensidad.

El sonido se mantuvo bastante aceptable y claro, sin momentos que provocaran quejas y permitiendo que los arreglos (tan característicos y atmosféricos de la banda) se escucharan con buena definición. Desde las primeras piezas, la complicidad entre la agrupación y los asistentes quedó establecida. Hubo cantos colectivos, gritos de celebración y una energía que por momentos parecía sostenerse sola, como si todos conocieran perfectamente el papel que les correspondía en esta ceremonia compartida.

Uno de los momentos más significativos ocurrió antes de “Viaje astral”. Saúl tomó el micrófono y, con tono reflexivo, dedicó la canción diciendo algo así como:
“Esta siguiente canción va para las mujeres, para las niñas, para las madres, para las hermanas, para las novias, para las abuelas… para todas esas mujeres que han librado una gran lucha todos estos años por la igualdad.”
Fue una pausa breve pero cargada de intención, recibida con aplausos y con una respuesta emocional que resonó en todo el auditorio. Ese tipo de gestos, que Caifanes acostumbra hacer sin estridencias, aportó al concierto un sentido adicional de comunidad.

El flujo del setlist mantuvo su equilibrio habitual entre los clásicos más intensos y los temas de atmósfera más densa. Canciones como “Miedo”, “Los dioses ocultos”, “Nubes” y “Viento” construyeron ese espacio casi ritual que caracteriza a los conciertos del grupo, en el que el público no solo canta: participa, se deja llevar y parece entrar en un mismo pulso. Cuando llegó el turno de “Afuera”, el auditorio entero se convirtió en un solo coro, un contraste poderoso entre la voz del público y la sobriedad de la banda sobre el escenario.
El encore funcionó como un epílogo festivo y energético. Temas como “Pachuco”, “Te lo pido por favor” y especialmente “La célula que explota” levantaron al público una vez más antes de llegar al cierre con “La negra Tomasa”, interpretada con esa mezcla de tradición, ritmo y celebración que convierte cada concierto en una despedida alegre. La banda se mantuvo cercana, agradecida y en constante comunicación visual con la audiencia, que no dejó caer la energía ni un solo instante.

Caifanes entregó en Monterrey un concierto contundente, emocional y respetuoso de la esencia que los ha mantenido vigentes durante décadas. No hubo necesidad de discursos largos ni montajes espectaculares: bastó la música, la intensidad interpretativa y un público dispuesto a sumarse a cada verso. Fue una noche que confirmó, una vez más, que algunas bandas no solo tocan canciones: activan memorias, acompañan historias y se vuelven parte de quienes las escuchan.






