Redacción: Ulises Garcia
La noche del 25 de septiembre de 2025 quedará grabada en la memoria de quienes asistieron a la Arena Ciudad de México. La monumental obra Carmina Burana, de Carl Orff, desató un torrente sonoro que estremeció a miles de personas con su fuerza coral, su majestuosidad orquestal y la intensidad de sus pasajes.
Más de 1,000 voces en coro y la imponente Orquesta Camerata Opus 11, integrada por 150 músicos, convirtieron el recinto en un templo sonoro donde cada compás fue un viaje entre el destino, el amor y la fortuna.

El rugido inicial de “O Fortuna” arrancó un estremecimiento colectivo. “Fue como si el corazón se me saliera del pecho”, confesó una de las asistentes, aún conmovida tras el arranque.
La velada avanzó entre la potencia vibrante de In Taberna, que arrancó aplausos espontáneos, y la sutileza casi etérea de Dulcissime, donde la soprano Anabel de la Mora brilló con una interpretación cargada de emoción y virtuosismo. Por su parte, el barítono Juan Carlos Heredia desplegó un magnetismo vocal que arrancó ovaciones en cada intervención.

El cierre, nuevamente con “O Fortuna”, desató un estallido colectivo: coros, orquesta y público parecían fundirse en un mismo latido. “Es imposible escucharlo y no sentir que algo dentro de ti se sacude”, expresó otro espectador entre aplausos de pie.

La Arena CDMX se transformó esa noche en mucho más que un recinto de espectáculos: fue el escenario de una experiencia catártica y vibrante que recordó que Carmina Burana no es solo música, es un ritual sonoro que trasciende generaciones.






