Fotografo : @solopinchesfotos

Redacción: Sergio de la Rosa

Eran las 9:25 de la noche cuando las luces del Showcenter Complex se apagaron por completo y el logo de DLD apareció en grande en la pantalla principal. En cuestión de segundos, la silueta de los integrantes de la banda apareció sobre el escenario y el público estalló en aplausos. El primer acorde de “Por siempre” marcó el inicio de una velada que, más que un simple concierto, se sintió como un reencuentro entre viejos amigos.

El vocalista Francisco Familiar apareció con un look relajado, fiel a su estilo: pantalones amplios, camisa de vestir suelta y una gorra hacia atrás que reforzaba esa mezcla de desenfado y autenticidad que tanto conecta con sus seguidores. A su lado, Edgar “PJ” Hansen en el bajo y Erik Neville en la guitarra completaron el trío que, acompañados de músicos invitados en batería y teclados, demostraron cómo es que con más de dos décadas de trayectoria el rock alternativo nacional mantiene una fuerza genuina y emocional.

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Tras un par de canciones, el ambiente ya era una comunión total. Y fue después de interpretar “Arsénico” cuando Paco tomó el micrófono para lanzar una frase que resonó en todo Showcenter:“Es un honor para nosotros estar aquí esta noche. Hoy el amor se va a hacer vicio aquí.”

La respuesta fue inmediata: gritos, aplausos y un coro que siguió retumbando aun después de que la banda retomara los instrumentos.

DLD navegó entre la energía eléctrica de temas como “Un vicio caro es el amor” y “Química y física”, y los momentos más introspectivos de “Hasta siempre” o “El mapa de tus ojos”. Cada canción parecía encontrar eco en el público, que acompañó cada verso con entusiasmo y nostalgia. La escenografía, sencilla pero efectiva, se apoyó en un juego de luces que reforzaba la intensidad emocional de cada tema sin distraer de lo esencial: la conexión entre banda y audiencia.

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Uno de los momentos más espontáneos de la noche ocurrió cuando alguien del público gritó “¡Arriba Naucalpan!”. Paco no pudo evitar reír y respondió con simpatía, provocando risas entre los fans y confirmando esa complicidad natural que distingue a sus conciertos. No hubo grandes artificios ni discursos largos, pero sí una calidez constante que hizo sentir a todos parte del mismo momento.

Después de casi hora y media de música ininterrumpida, el grupo se despidió con un aplauso colectivo que selló una noche de entrega total. A las 11:01 p.m., las luces se encendieron y el público comenzó a salir con la misma energía con la que había llegado: sonriente, satisfecho y con la sensación de haber presenciado algo auténtico.

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Con este concierto, DLD reafirmó su vigencia dentro del panorama del rock mexicano, demostrando que más allá de modas o tendencias, hay bandas que siguen construyendo su historia una noche a la vez y que, en Monterrey, una vez más, encontraron un público dispuesto a acompañarlos en cada canción.

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