Redacción: Diana Alvarado
Monterrey, N.L.— La noche del 5 de diciembre quedará marcada como una de las más emotivas en la historia de Intocable y de la misma Arena Monterrey. A las 9:40 p.m., con el recinto completamente lleno, 12,500 personas aguardaban en un ambiente cargado de expectativa. Las luces se apagaron, el murmullo se convirtió en un rugido, y el escenario 360 grados se iluminó para recibir a una de las agrupaciones más queridas del país.
Un arranque que estremeció
Los primeros compases de “Dímelo” bastaron para desatar un estallido colectivo. La Arena se levantó al unísono, gritando y aplaudiendo mientras Intocable tomaba su lugar en el centro del escenario. La emoción fue inmediata, palpable, envolvente.
Ricardo Muñoz, con su característico carisma, lanzó una frase que selló el espíritu de la noche:
“Aquí venimos a cantar, no a hablar… así que ¡a cantar se ha dicho!”

Una travesía musical por los recuerdos
El concierto se convirtió en un viaje emocional a través de décadas de éxitos. “Llévame en tu viaje” fue el primer gran coro masivo, seguido de joyas que despertaron nostalgia y complicidad entre los asistentes: “A dónde estabas tú”, “Estás que te pelas”, “Soñador eterno”.
La obra musical de Intocable, que marcó generaciones desde los años 90 y 2000, regresó con fuerza. La Arena retumbó con “Eso duele”, se conmovió con “Te amo para siempre”, y se unificó con la poderosa “Contra viento y marea”.

En uno de los momentos más íntimos de la noche, Ricardo Muñoz dirigió unas palabras que llegaron directo al corazón de todos:
“La música es nuestro trabajo y nuestro esfuerzo… y hoy lo compartimos con ustedes.”
La respuesta de las 12,500 asistentes, fue una ola de aplausos que hizo vibrar la estructura del recinto.
Canciones que se vuelven aire y luz
La segunda parte del concierto mantuvo la intensidad y la entrega. “Eres mi droga” calentó aún más el ambiente, mientras que “Alguien te va a hacer llorar” transformó la Arena en un mar de luces, voces y emociones compartidas.
Y cuando llegó el turno de “Aire”, se produjo un momento de comunión absoluta: miles cantaron como si la canción fuera un suspiro colectivo, elevándose y regresando al centro del escenario desde todos los puntos del 360.

Un cierre que celebró la vida misma
El cierre fue una fiesta total. Con “Me gusta mi vida”, Intocable no solo dio el broche de oro de la noche, sino que dejó al público en un estado de celebración pura. La energía, los saltos, los gritos y las sonrisas marcaron un final que nadie quería que llegara.
Al despedirse, la banda fue envuelta por un estruendo de aplausos que confirmaba lo evidente: aquella noche, frente a 12,500 asistentes, Intocable no solo inauguró su Antología Tour, sino que reafirmó por qué su música sigue viva en tantas generaciones.






