Redacción: Elena Aranda
El 28 de febrero de 2026 no fue una fecha cualquiera. Fue la noche en que Mario Girón echó la casa por la ventana en el Auditorio Cumbres y dejó claro que su carrera no solo va en ascenso… va sin frenos.
Cerrar el mes del amor y la amistad con su voz fue, sin duda, la mejor decisión. Desde temprana hora, sus fans comenzaron a llegar con esa mezcla de emoción y orgullo que solo provoca un artista que sienten suyo. Porque sí, Mario es orgullosamente regio, Tigre de corazón —siempre pendiente del marcador— y tan comprometido estaba con la noche que prometió cantar más tiempo si el resultado favorecía. El grito colectivo fue inmediato. La fiesta ya había comenzado incluso antes del primer acorde.

A las primeras notas de “Dame un poco más de ti”, el Auditorio Cumbres explotó. Aplausos, celulares en alto y una energía que se mantendría durante todo el espectáculo. Le siguió “Cóncavo y Convexo”, confirmando que la velada sería un viaje musical sin límites de género ni emociones.
Uno de los momentos más conmovedores llegó con el homenaje al eterno José José. Mario, con respeto y potencia vocal, interpretó “Amar y Querer”, “Gavilán o Paloma”, “Ya lo Pasado, Pasado”, “Lo que no fue no será” y “El Triste”. El público no solo acompañó: sostuvo cada canción como un coro monumental que estremecía la piel. Fue un instante donde generaciones se unieron en una sola voz.
Y cuando parecía que la noche no podía sorprender más, Mario salió del escenario. El silencio duró segundos… hasta que apareció el Mariachi Estrella de Monterrey. Vestido con un traje de cuero que desató suspiros, regresó para interpretar “Hermoso Cariño”, “Estos Celos” y “Caballero”. Pero fueron “Me Encantas” y “El Aventurero” las que encendieron por completo el recinto, no solo por su impecable voz, sino por la seguridad y sensualidad con la que dominó el escenario.
Demostrando que es un artista sin fronteras musicales, también abrazó el regional norteño junto a un Grupo Norteño invitado, interpretando con orgullo el “Corrido a Monterrey”, provocando que la piel se erizara entre los asistentes. Después llegarían “Hay algo en ti” y “Desvelado”, confirmando que puede navegar entre estilos sin perder autenticidad.
El recorrido incluyó también un guiño a Luis Miguel, con temas como “Qué nivel de mujer” y “Será que no me amas?”, elevando aún más la temperatura del recinto. Y por si faltaba intensidad, “Salomé” puso a todos de pie antes de cerrar con “Mi niña bonita”, dejando corazones latiendo al mismo ritmo.
Entre canción y canción, Mario conectó con su gente como solo él sabe hacerlo. “Espero les hayan avisado a sus papás que van a llegar tarde… este concierto dura más de dos horas”, dijo entre risas. Y vaya que cumplió. Si por el público hubiera sido, ahí mismo amanecen.
En las butacas había fans de otras ciudades e incluso de Estados Unidos, quienes viajaron solo para verlo. Cuando preguntó “¿De dónde nos visitan?”, quedó claro que su voz ya traspasa fronteras.
Arriba del escenario, la timidez desaparece. Se transforma. Se agiganta. Y confirma por qué fue el ganador de La Academia: es un cantante sin limitaciones, con carisma natural, espontaneidad y una sonrisa que no se apaga.
La energía nunca bajó. Hubo baladas, rancheras, pop, norteño, cambios de vestuario, bailarines y sorpresas. Pero, sobre todo, hubo conexión. De esa que no se ensaya. De esa que nace del corazón.

Mario Girón no solo dio un concierto. Dio una declaración de identidad, de raíces y de futuro. Y Monterrey fue testigo de que esta historia apenas está comenzando.






