Redacción: Julieta Guevara
Hubo un instante —apenas perceptible, casi irreal— en el que el tiempo dejó de avanzar. No retrocedió tampoco. Simplemente se suspendió. Y en ese vacío cargado de memoria, Soda Stereo volvió a existir como si nunca se hubiera despedido, como si Cerati no hubiera muerto.
Diecinueve años después de aquellos últimos conciertos que marcaron el cierre de una era, el reencuentro no fue una reunión convencional ni un acto de nostalgia predecible. Fue algo más complejo, más emocional: una reconstrucción de la historia desde la tecnología, la música y, sobre todo, la necesidad colectiva de volver a verlos juntos. Porque ahí estaban otra vez: Gustavo Cerati, Charly Alberti y Zeta Bosio, alineados, compartiendo escenario, devolviéndole al público una imagen que parecía perdida.
La gira “Ecos”, en México, comenzó el 14 de abril en el Palacio de los Deportes. Tras múltiples fechas en la capital y en Guadalajara, el recorrido llegó a Monterrey el 21 de abril, al Auditorio Citibanamex, donde un lleno total confirmó que la conexión seguía intacta.
Minutos después de las 9 de la noche, arrancó el show. “Todo es tan igual…”, marcó el inicio con “Ecos”, una frase que resonó como una paradoja: nada era igual, y sin embargo, todo lo era. El escenario, reveló su magia de forma gradual. Primero, la presencia firme de Alberti en la batería, al centro. A los costados, Bosio y el holograma de Cerati. Se materializó poco a poco. Vestía un traje azul intenso, atravesado por aplicaciones plateadas que evocaban raíces. Para muchos fans, una referencia inevitable a la canción de “Raíz”, de Bocanada, primer álbum solista de Cerati.
“Juegos de seducción” y “Nada personal” continuaron el recorrido, elevando la energía del público que no tardó en entregarse por completo. Fue en “Nada personal” donde la figura de Gustavo se reveló en toda su dimensión, desatando una reacción inmediata: gritos, lágrimas, incredulidad. No era solo verlo, era reconocerlo en cada gesto. La forma de sostener la guitarra, los movimientos sutiles, ese lenguaje corporal tan propio que parecía imposible de replicar.
No hubo discursos largos. No hubo explicaciones. La música fluyó como si fuera suficiente, y lo era.
El escenario se sumergió en tonos azules para dar paso a “Hombre al agua”, del álbum Canción Animal. La pantalla central acercó aún más a Cerati. Cada solo, cada desplazamiento en su espacio asignado, cada inclinación de cabeza provocaba una mezcla de asombro y melancolía.
El público no distinguía entre generaciones: jóvenes que lo descubrían en vivo por primera vez y adultos que regresaban a una parte esencial de su vida compartían la misma emoción.
“Ella usó mi cabeza como un revólver” reafirmó la intensidad del repertorio, mientras que “Cuando pase el temblor” transformó el concierto en una experiencia multisensorial. Fue ahí donde la propuesta dio un giro: los tres abandonaron momentáneamente el escenario —incluso el propio Cerati proyectado— para dar paso a un segmento acompañado de luces y efectos en 3D.
El regreso llegó con “Luna roja”, “Séptimo día” y “Toma la ruta”,
Cerati habló poco, apenas dos intervenciones breves. Una de ellas: “Charly”. Bastó esa palabra para provocar un estremecimiento colectivo.
La recta final fue un estallido. “Ciudad de la furia”, “Sobredosis” y “Persiana americana” convirtieron el recinto en un coro masivo. Cada canción era recibida como un himno.
“Prófugos” reafirmó que el repertorio de Soda Stereo no pertenece al pasado: sigue dialogando con el presente. Y entonces, llegó el cierre inevitable: “De música ligera”.
Mientras Alberti y Bosio descendían del escenario para acercarse al público desde plataformas laterales, la pantalla central proyectaba un collage de Cerati en distintas épocas, interpretando la canción que se convirtió en símbolo.
“Gracias por venir a un viaje al futuro”, dijo Alberti. Y la frase quedó suspendida, cargada de significado.
El final llegó. Las luces se encendieron mientras sonaba “Zona de promesas”, aquella pieza que Cerati compartió con Mercedes Sosa. En la pantalla, los créditos. Nombres cercanos. Entre ellos, los de sus hijos, Lisa y Benito.
Quizá muchos esperaban escuchar “Gracias totales”. Pero tal vez no hacía falta. Porque en cada instante del concierto, en cada nota sostenida por miles de voces, ese agradecimiento ya estaba implícito.
La gira sigue. Y con ella, una posibilidad que parecía improbable: la de seguir construyendo nuevas memorias alrededor de una banda que marcó generaciones. Los fans no solo celebran “Ecos”, también imaginan lo que viene: otros recorridos, otros setlists, incluso la integración de la etapa solista de Cerati.






