Fotógrafo : @underpmx

Redacción: Elena Aranda

El escenario GNP Seguros fue testigo de una noche extraordinaria: el regreso de Raphael a Monterrey, una velada que se convirtió en una auténtica cátedra de arte, memoria y pasión.

Hay artistas que cantan, y hay leyendas que detienen el tiempo. Este 21 de abril de 2026, el público regio presenció el regreso triunfal del “Divo de Linares” tras años de ausencia en la ciudad. Con una sonrisa vibrante y una energía inagotable, Raphael demostró por qué sigue siendo una de las figuras más imponentes de la música en español.

La noche se transformó en un viaje emocional compartido. Bastaron los primeros acordes para que los asistentes reconocieran cada canción, coreando de inmediato letras que forman parte de su historia personal.

Durante “Yo soy aquel”, el escenario se llenó de nostalgia con la proyección de fotografías y videos de sus inicios, creando un contraste conmovedor entre el joven que conquistó el mundo y el artista que hoy sigue dominando las tablas con la misma intensidad.

La teatralidad alcanzó uno de sus puntos más altos con “Qué sabe nadie”, interpretada de pie junto al piano, donde cada estrofa se convirtió en un suspiro colectivo.

Acompañado por músicos excepcionales, Raphael logró una mancuerna perfecta donde la precisión y el talento brillaron en cada arreglo. Momentos como “Que nadie sepa mi sufrir”, junto a un guitarrista, o el coro masivo en “Estar enamorado”, confirmaron que su conexión con el público regiomontano permanece intacta.

Mención aparte merece “Escándalo”, donde incluso se dio el gusto de bailar, desatando la euforia de los asistentes en uno de los momentos más celebrados de la noche.

Con una simple mirada o un gesto casi imperceptible, Raphael logró que todo el recinto coreara “Ámame”, como si cada instante hubiera sido ensayado. Ese dominio escénico es, sin duda, una de sus mayores virtudes.

“Después de venir a Monterrey hace mil años, es un placer estar de vuelta en este México querido”, expresó antes de ofrecer una magistral interpretación de “La Llorona”, donde el violonchelo, el violín y la guitarra construyeron una atmósfera mística que erizó la piel de todos los presentes.

El cierre fue tan emotivo como poderoso. Tras concluir “Qué sabe nadie”, el público se negó a dejarlo ir. De pie, entre aplausos y gritos de “¡otra, otra!”, Raphael regresó al escenario con una gran sonrisa, visiblemente conmovido por el cariño recibido.

Como respuesta, regaló interpretaciones inolvidables de “Yo soy aquel” y “Como yo te amo”, sellando una despedida llena de emoción.

Se fue agradecido, consciente de haber entregado —una vez más— alma, corazón y canto sobre el escenario. Y el público, por su parte, salió con la sensación de haber presenciado uno de los mejores espectáculos de sus vidas.

Larga vida al “Divo de Linares”, para que su arte siga trascendiendo generaciones.

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