Redacción: Ulises García

El rock urbano no envejece, solo acumula historias. Y eso quedó clarísimo durante la celebración de los 36 años de El Haragán y Compañía en la Arena Ciudad de México, donde miles de personas llegaron no solo a ver un concierto, sino a reencontrarse con canciones que han acompañado generaciones enteras.

Desde antes de que arrancara el show, el ambiente ya tenía vibra de reunión entre amigos: playeras negras, chelas en mano, familias completas y grupos de compas listos para cantar himnos que llevan décadas sonando en barrios, calles y tocadas. Porque lo de El Haragán no se escucha nomás… se vive.

La noche avanzó entre clásicos que hicieron explotar a la Arena. “A esa gran velocidad”, “Mala mujer”, “No estoy muerto”, “Morir de noche” y “Aburrida la vida” fueron parte de un repertorio que convirtió al recinto en un karaoke gigante donde nadie se quedó callado.

Pero además del recorrido musical, la banda armó una auténtica fiesta con invitados especiales. Rubén Albarrán, Amandititita, María Barracuda, integrantes de Banda Bostik y Panteón Rococó aparecieron durante la velada para compartir escenario y darle todavía más sabor a una noche que ya era histórica.

Aun así, el protagonismo siempre volvió a las canciones y al público. Porque había un momento que todos estaban esperando sin necesidad de decirlo. Y cuando sonó “Él no lo mató”, la Arena simplemente explotó.

La gente se levantó de sus asientos, gritó cada palabra y convirtió el recinto en una sola voz. Fue ese instante donde el concierto dejó de sentirse como espectáculo y se transformó en memoria colectiva, en historias personales conectadas por una misma canción.

Después de 36 años, El Haragán y Compañía sigue haciendo lo más difícil: sonar real. Y mientras exista alguien dispuesto a cantar sus canciones desde el fondo del alma, el barrio seguirá teniendo soundtrack.

 

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