Redacción: Arturo Roti

A partir de este viernes 25 de septiembre, el Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey abre Autorretrato no autorizado, la primera retrospectiva de Flavio Garciandíamontada fuera de Cuba. La curaduría es de Tobias Ostrandery el recorrido reúne más de cuatro décadas de un artista que, según explicó él mismo en la conferencia de prensa, nunca ha dejado de cambiar de piel.

“No es un brinco, es un desarrollo formal”, suele responder Garciandía cuando le preguntan por los giros radicales de su obra. Y son radicales de verdad: quien camine la exposición completa puede salir con la sensación de haber visto el trabajo de quince artistas distintos, no de uno solo.

La muestra arranca en los años ochenta, con la recreación de una instalación que el pintor presentó en la primera Bienal de La Habana, en 1984, bautizada por el público como El lago de los cisnes. Ahí Garciandía rompió con el realismo con el que se había dado a conocer y se metió de lleno en el kitsch: el cisne como símbolo de belleza, pero también de mal gusto, tomado de las decoraciones populares y de carnaval de su pueblo natal. Era, dijo, una manera de discutir con la estética oficial del momento —el realismo soviético— y de poner en diálogo el arte popular cubano con el pop de Nueva York, en plena Guerra Fría cultural.

Ese cruce entre lo político y lo íntimo se repite en la sala dedicada a una instalación de 1986 para la segunda Bienal de La Habana, construida alrededor de la figura de Marco Polo: el viajero que regresa a casa transformado, cargado de referencias chinas que en ese momento no eran comunes en Cuba. Garciandía formó parte de la generación de artistas cubanos de los ochenta que empezó a salir de la isla con permiso del gobierno —a São Paulo, a Venecia— y que terminó abriendo la puerta a las influencias internacionales que definirían el arte cubano de los noventa.

Más adelante, otra serie retoma el machete y la figura de José Martí como símbolos políticos sagrados, deformados hasta volverse armas o imágenes eróticas, sobre siluetas negras que el artista describe como un homenaje a la herencia afrocubana, entonces poco reconocida. De fondo, salpicaduras que citan directamente a Jackson Pollock: la libertad expresiva estadounidense chocando contra un símbolo comunista que, según Garciandía, terminó volviéndose él mismo un símbolo de violencia machista contra su propio pueblo. Esa serie, Tropicali, estuvo a punto de ser censurada en un momento en que nadie en Cuba sabía si la isla seguiría o no el camino de la perestroika soviética. Hoy, parte de esas piezas está en un museo alemán.

En 1994 Garciandía regresó brevemente a La Habana tras años de beca en Alemania y estadía en Nueva York, y presentó una serie que rescataba a los modernistas cubanos de antes de la Revolución —Wifredo Lam, el Grupo de los Once— imaginando qué habría pasado con su pintura si la historia no los hubiera interrumpido. Poco después, el artista y su familia llegaron a Monterrey, ciudad donde continuó pintando para sostenerse y donde surgieron piezas que dialogan con el minimalismo —monocromos que citan a Kazimir Malévich, Ad Reinhardt y Robert Ryman, pero con frijoles asomando bajo la pintura: la espiritualidad del cuadro blanco chocando contra el hambre del Período Especial cubano de los noventa.

Ya en México, adonde se mudó en 2005, su paleta se vuelve más intensa y aparecen títulos deliberadamente provocadores —como el que enfrenta, en broma, a Damien Hirst y JulianSchnabel “midiendo” su virilidad artística—, una manera de meterse con la tradición machista del expresionismo abstracto y del action painting. En los últimos diez años el tono cambia otra vez: colores más suaves, referencias al mundo flotante japonés (ukiyo-e), a Marsden Hartley y a CyTwombly, y el regreso del cisne, ahora explícitamente erótico, como símbolo de un deseo de belleza que el propio artista describe como “ridículo y necesario a la vez”.

La pieza que cierra el recorrido, Ni norte ni sur, ni este ni oeste, condensa esa búsqueda: un paisaje utópico, contaminado y “un poco femenino”, sobre el que el crítico [verificar nombre] escribió un ensayo dedicado. Para Garciandía, la utopía que fue Cuba y la búsqueda de la belleza comparten la misma estructura: un deseo que, tarde o temprano, se enfrenta al fracaso.

En la sesión de preguntas, el artista —quien vive con párkinson y se apoyó en un traductor durante buena parte del recorrido— habló de sus grabados como la parte más directamente política de su trabajo: los ha usado, dijo, hasta para imprimir pancartas de protesta, como una que hizo para una manifestación en Tijuana. Aseguró además que produjo entre 20 y 25 obras durante su etapa en Monterrey, entre finales de 2024 y finales de 2025.

Flavio Garciandía: Autorretrato no autorizado puede visitarse en MARCO a partir del 25 de septiembre de 2026. La exposición propone así un recorrido por varias décadas de una obra que nunca parece conformarse con permanecer quieta: cambia de forma, de color y de lenguaje, pero mantiene intacta su intención de poner en duda aquello que aparentemente ya conocemos.

LEAVE A REPLY

Please enter your comment!
Please enter your name here