Fotografo: Abraham Chavez

Redacción: Arturo Roti

 

Miércoles 7 de mayo por la noche. Arena Monterrey. No era un lleno total, pero sí un ochenta por ciento de fieles listos para entregar alma, sudor y gargantas a una banda que no necesita presentación. Judas Priest llegó a la ciudad para ofrecer su último concierto del “Invincible Shield Tour”, cerrando así una gira de 99 fechas por 32 países desde marzo de 2024. Y lo hicieron como se deben cerrar los capítulos gloriosos: con estruendo, fuego y gloria metálica.

 

Con el eco de “War Pigs” de Black Sabbath anunciando el inminente arranque, la señal llegó con “Clarionissa” sonando como clarín de guerra. Las luces se apagaron, y de pronto, cinco siluetas formaron un cuadro al frente del escenario. El escudo estaba listo. Y entonces, estalló “Panic Attack”. Así comenzó la noche.

Fotografo: Abraham Chavez

Rápidamente se vino “You’ve Got Another Thing Coming”, y Rob Halford saludó con ese rugido que incendió corazones: “Hello Monterrey, the Priest is back!”. El público estalló. Lo que siguió fue un desfile de poder: “Rapid Fire” y la siempre coreada “Breaking the Law”, que desató el primer mosh pit entre la multitud encendida.

 

El repertorio siguió como una avalancha. “Riding on theWind” y “Love Bites” mantuvieron los puños en alto, mientras Halford desaparecía entre canciones para cambiar chaqueta tras chaqueta, como un auténtico dios del metal. No sabemos cuántos atuendos usó, pero en todos lucía como una figura mítica. Y su voz —¡su voz!— sigue clavando esos agudos imposibles, como si los años se le resbalaran entre cuero y remaches.

Fotografo: Abraham Chavez

Richie Faulkner desplegó su arsenal: de una Explorer a una Les Paul, hasta llegar a una Gibson Flying V negra con blanco, desatando solos con precisión quirúrgica. A su lado, Andy Sneap alternaba entre su Jackson negra y una Gibson Explorer para cubrir el lugar del ausente Glenn Tipton, presente en espíritu y en las pantallas del escenario.

 

Sonaron clásicos que electrizaron: “Devil’s Child” con Halford alcanzando notas que quemaban el aire, “Saints in Hell” con un solo descomunal de Faulkner, y lo más nuevo también se hizo presente con “Crown of Horns”. El tiempo se desdibujaba entre épocas: de “Sinner” viajamos directo a “Turbo Lover”, coreada a pulmón por todos los presentes.

 

Y entonces, Rob Halford se sentó por un momento a un costado del escenario. Habló con voz serena pero firme. Enumeró uno a uno todos los álbumes de Judas Priest —sin mencionar la etapa de Ripper Owens— y agradeció a todos: a la banda, al equipo técnico, y al público por acompañarlos durante 99 conciertos en 32 países. “Esta es la última noche del tour”, dijo. “Gracias por hacerlo inolvidable”.

Fotografo: Abraham Chavez

Después vino “Victim of Changes” con las imágenes de Glenn Tipton en las pantallas, tocando entre sombras y memoria. La emoción se desbordó. Halford jugó con el público al clásico “Ohhh yeah!” que todos corearon, antes de lanzar otro himno: “The Green Manalishi (With the Two-Prong Crown)”.

 

Ya en la recta final, el baterista Scott Travis tomó el micrófono para decir: “Cuando inicias una gira, sabes dónde empieza… pero no dónde va a terminar. Y quieres que termine en la ciudad más explosiva. ¡Gracias, Monterrey!”.

 

Entonces preguntó al público: “¿Cuál canción quieren escuchar?”. La respuesta fue unánime: “PAINKILLER!”. Travis sonrió, se colocó bien en su trono, y reventó los tambores. La arena entera se estremeció. Dos mosh pits se abrieron como vórtices en la cancha, girando en frenesí mientras Halford lanzaba el grito de guerra y las guitarras cortaban como navajas.

Fotografo: Abraham Chavez

El encore llegó como un trueno. “The Hellion” sirvió de entrada para la todopoderosa “Electric Eye”, que puso de pie hasta al más cansado. Rob volvió al escenario sobre su Harley Davidson para desatar “Hell Bent for Leather”, con el rugido del motor haciendo vibrar el piso.

Fotografo: Abraham Chavez

Y cuando ya parecía que no quedaba más, llegó la apoteosis: “Living After Midnight”. Todos cantaron. Todos brincaron. Todos sudaron esa última canción como si fuera la primera vez.

 

Rob Halford se despidió cobijado con la bandera de México sobre sus hombros. Las pantallas dejaron un mensaje claro: “The Priest Will Be Back”. Porque sí, los dioses del metal no se van… solo esperan el próximo rugido para volver a cabalgar.

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