Redacción: Arturo Roti

La Arena Monterrey se dejó caer o mejor dicho, se llenó de amantes de Pink Floyd. Desde temprano comenzaron a llegar los peregrinos de la música de los ingleses, y entre playeras, recuerdos y conversaciones sobre discos, conciertos y canciones, quedó claro que aquella noche no sería una más.

Había gente de todas las edades. Padres acompañados de sus hijos, parejas, amigos y hasta familias completas en una auténtica comunión floydesca: abuelos, padres e hijos reunidos por una misma banda, por una misma música y por esas canciones que, generación tras generación, se niegan a envejecer.

El reloj marcó las nueve de la noche y, puntuales como un reloj suizo, Marrano Rosa apareció sobre el escenario. La noche arrancó con “Shine On You Crazy Diamond (Parts I-V)”, una entrada monumental, atmosférica. Poco a poco, la Arena fue entrando en territorio Pink Floyd.

Después llegaron “What Do You Want From Me”, “Learningto Fly”, “Poles Apart” y “Coming Back to Life”, construyendo ese universo sonoro en el que las guitarras, los teclados y las voces parecen flotar por encima del público.

Sobre el escenario, Roi Zerda en la voz y guitarra, Poncho Delgado en la guitarra, Kike Farías en el bajo, Popo Rodríguez en la batería y Oscar Elizondo en los teclados fueron llevando las piezas con una precisión que permitía que cada canción conservara su personalidad.

A ellos se sumaron en los coros Fany Salazar, Ana de Agüero y Lily Vásquez, tres voces que tendrían una participación particularmente especial conforme avanzara la noche. El Sax estuvo a cargo de David Gofra con un sonido tan brillante que llenaba toda la Arena.

El recorrido continuó con “The Dogs of War”, “Take ItBack”, “Hey You”, “Keep Talking” y “High Hopes”, hasta llegar a “Sorrow” y “One of These Days”.

La selección mantuvo el orden establecido para aquella presentación, que le rendía homenaje en su totalidad al Pulse, el disco en vivo que Pink Floyd lanzó en 1995 durante la gira de The Division Bell, y que se convirtió en referencia obligada para entender cómo sonaba la banda arriba del escenario en su etapa más monumental.

Y entonces llegó uno de los momentos más esperados: EL LADO OSCURO DE LA LUNA

Las luces cambiaron y el ambiente adquirió otra dimensión. Con “Speak to Me” comenzó la segunda gran parte del viaje, para entrar de lleno en The Dark Side of the Moon. Y justo antes de comenzar esta parte del concierto, hubo una sorpresa sobre el escenario: Edi González, de Jumbo, apareció para integrarse a la presentación, siendo anunciado como nuevo integrante de Marrano Rosa.

“Breathe (In the Air)”, “On the Run”, “Time” fueron apareciendo como capítulos de una misma historia. Pero si hubo una canción que exigía algo especial, esa era “The Great Gig in the Sky”. Fany Salazar, Ana de Agüero y Lily Vásquez tomaron el protagonismo vocal y se encargaron de uno de los pasajes más delicados y exigentes de toda la noche. Las tres voces fueron creciendo, encontrándose y separándose dentro de la canción, convirtiendo aquel momento en uno de los grandes puntos emocionales del concierto.

Después llegaron “Money”, “Us and Them”, “Any ColourYou Like”, “Brain Damage” y “Eclipse”. Con esta última, la banda cerró el recorrido por The Dark Side of the Moon, dejando esa sensación tan característica que provoca Pink Floyd: la de haber recorrido un lugar lejano sin habernos movido de nuestro asiento.

Pero todavía faltaban las joyas.

Cuando parecía que el viaje llegaba a su destino, Marrano Rosa dejó para el cierre algunas de esas canciones que forman parte del ADN de varias generaciones. La primera fue “Another Brick in the Wall, Part 2” y ahí la Arena Monterrey dejó de ser solamente un recinto para convertirse en un enorme coro. Miles de voces se unieron a la canción. Padres cantando junto a sus hijos, amigos abrazados, gente que seguramente escuchó aquel tema por primera vez hace décadas y jóvenes que lo descubrieron mucho después.

Después llegó “Wish You Were Here”, y el ambiente cambió completamente. La canción fue dedicada a todos aquellos que ya no están con nosotros. Y ahí, entre las luces y las guitarras, seguramente más de uno encontró un rostro, un nombre, una historia o un recuerdo.

Y entonces llegó “Comfortably Numb”. La guitarra volvió a tomar el control de la noche y la Arena se entregó por completo a una de las piezas más reconocibles de Pink Floyd. Una canción que comienza casi como una conversación íntima y termina convirtiéndose en una experiencia colectiva.

Pero Marrano Rosa todavía tenía una carta más. Cuando parecía que todo había terminado, las luces y el sonido anunciaron el verdadero último round. “Run Like Hell”. La canción puso el punto final con energía, dejando atrás la contemplación, la nostalgia y los momentos más atmosféricos para cerrar con una descarga que terminó de levantar a una Arena Monterrey que había viajado durante toda la noche por el universo de Pink Floyd.

Marrano Rosa ofreció algo más que un concierto, ofreció una reunión generacional. Una noche donde los abuelos pudieron compartir canciones con sus hijos, los padres con sus hijos y los más jóvenes descubrir, quizá por primera vez en vivo, por qué Pink Floyd sigue siendo una de esas bandas que no pertenecen únicamente a una época.

Así fue la noche en que la Arena Monterrey se pintó de rosa, se volvió floydesca y dejó que Pink Floyd volviera a sonar una vez más entre nosotros.

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