Redacción: Arturo Roti
Desde antes de que comenzara la música, ya había una pista de lo que estaba por suceder dentro de la Arena Monterrey. Entre el público que llegaba para reencontrarse con Jamiroquai después de varios años de ausencia en la ciudad, comenzaron a aparecer los sombreros que se han convertido en una extensión de la personalidad de Jay Kay: enormes, peludos, con apariencia de búfalo y largas formas que recuerdan al particular estilo del cantante. Algunos incluso parecían salidos directamente de una película, como si Napoleon Dynamite hubiera decidido cambiar el baile por el funk.
La espera terminó después de la participación de Joy(Anonymous), encargado de comenzar a calentar el ambiente. A las 9:45 de la noche, las luces cambiaron y apareció Jamiroquai para demostrar que el tiempo podrá pasar, pero el groove sigue intacto.
Con una banda de seis músicos y tres coristas acompañándolo, Jay Kay tomó el escenario para arrancar con “(Don’t) Give Hate a Chance” y desde esos primeros compases la Arena Monterrey entendió perfectamente cuál era el plan: aquella noche nadie había ido a quedarse sentado.
La energía de Jay Kay se contagió rápidamente. El cantante prácticamente no necesitó hablar con el público; bastaron sus movimientos, su manera de recorrer el escenario y ese estilo tan suyo para provocar que miles de personas comenzaran a bailar y gritar. Después llegaron “Little L” y “High Times”, y cuando todavía muchos estaban tratando de asimilar que finalmente tenían a Jamiroquai frente a ellos, Jay ya había cambiado un par de veces de sombrero y vestuario.
“Space Cowboy” y “Alright” terminaron de encender la Arena. Al finalizar esta última, llegó la primera gran ovación acompañada por el inevitable “¡Olé, olé, olé, Jay Kay!”, mientras el británico recibía el cariño de una ciudad que llevaba años esperando volver a verlo.
La fiesta siguió con “Talullah”, una de las sorpresas de la noche, para después transformar el recinto en una gigantesca discoteca con “Disco Stays the Same”. Para entonces, algunos de los veteranos del público ya comenzaban a resentir tantas vueltas, brincos y pasos de baile, pero todavía faltaba mucho por delante.
Y entonces llegó “Travelling Without Moving”.
La banda aprovechó el tema para lucirse con algunas improvisaciones mientras Jay Kay aparecía con otro de sus extravagantes accesorios para la cabeza, esta vez un espectacular penacho iluminado con colores que parecía cambiar al ritmo de la música. El cansancio podía esperar. La Arena volvió a encenderse y el público encontró energía de algún lugar que seguramente desconocía que todavía existía.
Pero si hubo un momento en el que Jay Kay llevó la fiesta directamente hasta la gente fue con “Canned Heat”. El cantante abandonó el escenario y se metió entre su público para cantar y bailar con ellos, mientras aprovechaba para tomarse fotografías y firmar algunos discos. Los que tuvieron la fortuna de estar cerca se llevaron algo más que un concierto: Jay les cantó, bailó con ellos, posó para las cámaras y hasta se tomó el tiempo para firmar sus discos.
Por unos minutos, la distancia entre artista y público prácticamente desapareció.
Después llegó una de las frases más celebradas de la noche. Jay Kay, hablando en español, anunció: “Esto es para las chicas cósmicas”, y entonces sonaron los primeros acordes de “Cosmic Girl”.
En la cancha, la celebración tomó una forma curiosa. Un grupo de asistentes armó una especie de mosh pit, aunque muy al estilo Jamiroquai: nada de empujones ni golpes, sino todos abrazados, girando en círculos, cantando y brincando. De vez en cuando alguno terminaba elevado por encima de los demás en ese clásico “¡quiere volar!” que provocaba las risas y las miradas de Jay Kay, quien incluso señaló a algunos de los que estaban haciendo de las suyas.
La conexión entre el cantante y Monterrey ya estaba completamente establecida.
Después de varios años lejos de la ciudad, Jay Kay agradeció a sus seguidores y aseguró que esperaba que no tuviera que pasar tanto tiempo para volver. La respuesta fue inmediata: una nueva explosión de gritos que dejó claro que el público regiomontano estaba dispuesto a recibirlo nuevamente cuando fuera necesario.
La recta final llegó con “Love Foolosophy”, pero todavía faltaba el momento que prácticamente todos estaban esperando.
“Virtual Insanity” apareció para cerrar la noche y la Arena Monterrey volvió a convertirse en una sola masa de baile, nostalgia y celebración. Jay Kay se movió durante prácticamente todo el concierto con una energía que parecía no tener límite; por momentos, hasta el escenario de la Arena parecía demasiado pequeño para contener sus pasos, sus vueltas y esa manera tan particular de vivir las canciones.
Fueron cerca de dos horas de funk, acid jazz, disco, baile y mucha alegría.
Quizá algunos se quedaron esperando alguna canción más de las que forman parte de la extensa historia de Jamiroquai, pero para la mayoría eso terminó siendo un detalle menor. Porque lo que ocurrió aquella noche fue mucho más que escuchar una colección de éxitos: fue volver a vivir una época, ponerse un sombrero de búfalo, dejar las preocupaciones afuera de la Arena y entregarse por completo al ritmo.
Después de siete años de ausencia en Monterrey, Jamiroquairegresó y dejó algo muy claro, la ciudad de Monterrey terminó siendo territorio de Jay Kay.






