Redacción: Arturo Roti
No es una exposición que se recorra en línea recta ni que pretenda contar una sola historia. En Constelaciones y derivas: arte de América Latina desde la Colección FEMSA, lo que se despliega en las salas del Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey (MARCO) es algo más cercano a un mapa en movimiento: una red de conexiones, cruces y preguntas que atraviesan décadas, geografías y miradas.
Inaugurada este 20 de marzo, la muestra reúne 174 obras de más de 100 artistas latinoamericanos y marca el arranque de los festejos por los 50 años de la Colección FEMSA. Pero más allá de las cifras, lo que propone es una relectura del acervo: una forma distinta de mirar el arte de la región, lejos de las cronologías rígidas.
Aquí no hay un inicio ni un final claros. En su lugar, cinco núcleos —o “constelaciones”— articulan el recorrido: territorios, estructuras coloniales, debates en torno a la abstracción, alquimia e identidades. Cada uno funciona como un punto de encuentro donde obras de distintas épocas dialogan entre sí, generando nuevas interpretaciones.
Durante el recorrido previo para prensa, esa idea quedó clara desde la primera sala. El territorio no solo aparece como paisaje, sino como cuerpo, como memoria y como frontera. Hay piezas que cuestionan directamente los límites impuestos, sobre todo en la relación norte-sur, y otras que evidencian las tensiones económicas e históricas entre países, incluso desde gestos aparentemente cotidianos o irónicos.
Esa misma lógica atraviesa la sección dedicada a las estructuras coloniales, donde el pasado no se presenta como algo cerrado, sino como una herida que sigue activa. Obras contemporáneas dialogan con referencias históricas para mostrar cómo los cuerpos —especialmente los racializados o feminizados— han sido leídos, clasificados y controlados a lo largo del tiempo. En contraste, artistas de pueblos originarios y nuevas generaciones proponen otras formas de narrarse desde dentro.
Uno de los momentos más reveladores llega con el apartado dedicado a la abstracción. Lejos de plantearla como un capítulo resuelto del arte moderno, aquí se presenta como un campo en disputa: una conversación abierta entre quienes apostaron por el lenguaje geométrico y quienes eligieron lo figurativo o lo social como respuesta a su contexto.
Pero quizá uno de los núcleos más sugerentes es el de Alquimia e identidades, donde la exposición toma un giro más íntimo y simbólico. La idea de transformación —más allá del cliché de convertir el plomo en oro— aparece como un proceso constante: construcción, destrucción y reconstrucción. Obras que dialogan con lo místico, lo femenino y lo surrealista abren lecturas sobre el cambio, la dualidad y los opuestos que se complementan.
Ahí conviven referencias a figuras como Remedios Varo o Leonora Carrington con piezas que exploran el cuerpo, el tiempo y la identidad desde perspectivas contemporáneas. La sensación es la de estar frente a un laboratorio visual donde todo está en proceso.
La exposición también deja claro que el arte no se queda en las paredes. Una instalación comisionada a la artista argentina Ad Minoliti introduce el collage como herramienta para repensar identidades desde lo colectivo, lo lúdico y lo queer, además de activarse mediante talleres y encuentros con el público.
A esto se suma un programa público que incluye charlas, residencias y hasta experiencias gastronómicas, como el proyecto Rutas Metabólicas, que conecta el arte con la cocina para explorar el territorio desde los sentidos.
En conjunto, Constelaciones y derivas no busca dar respuestas definitivas, sino abrir preguntas. ¿Qué historia del arte latinoamericano queremos contar hoy? ¿Quiénes han quedado fuera de ese relato? ¿Cómo se conectan esas historias con nuestro presente?
La muestra estará abierta hasta el 9 de agosto en MARCO, y más que una exposición para “ver”, se siente como una invitación a recorrer, cruzar y perderse un poco entre esas constelaciones que, al final, también hablan de nosotros.






